martes, 20 de mayo de 2008

ESCRIBIR Y LEER. Dos columnas de Juan José Millás en el Diario El País

ESCRIBIR

"13.15. Todos los tripulantes de los compartimentos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas". Estas palabras, escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario. El autor está rodeado de bocas que exhalan un pánico que ni siquiera nombra. Él mismo debe de encontrarse al borde de la desesperación, pero no tiene tiempo ni papel para recrearse en la suerte. Ha de hacer, pues, una selección rigurosa de los materiales narrativos, y el resultado es esa obra maestra en la que, sin embargo, sólo cuenta aquello a lo que se puede asignar un número: la hora y la cantidad de hombres. En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura. Y de qué modo.
Naturalmente, lo que no dice ocupa mas de lo que dice, pero lo ausente ha de aportarlo el lector, que es tan responsable de lo que lee como el escritor de lo que escribe. Sería absurdo comenzar una novela afirmando de un frutero que es bípedo. El lector tiene la obligación de saber que los fruteros son bípedos y que están dotados de cuatro extremidades con cinco dedos en cadauna de ellas. Sin estos sobreentendidos primordiales, la escritura resultaría imposible.
Lo curioso es que un billete con cuatro líneas aparecido en el bolsillo de un cadáver responda de súbito a la vieja pregunta de para qué sirve la literatura. Sirve para contarlo. Todo aquellos que aspiran a escribir deberían recitar el texto del Kursk como una oración. Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimento a otro con los calcetines mojados. Y tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas. Escribo a ciegas.

El País. Viernes 3 de Noviembre de 2000.


LEER



No es que venga a cuento porque sea el Día del Libro, pero tengo un amigo que sólo lee manuales de usuario. Las novelas le aburren porque no se las cree; la poesía no le llega; el ensayo le duerme. Pero devora los manuales de usuario y, lo que es más raro, los comprende. Cuando viene a casa, siempre pregunta si tenemos algún aparato nuevo, para que le dejemos el folleto. No hace ascos a ninguno. Ayer mismo, después de haber leído el de un microondas que acabábamos de estrenar, me miró profundamente y sentenció: "Está muy bien escrito. Voy a comprarme uno igual". No hizo ningún juicio sobre el aparato, sólo sobre el manual, lo que me pareció tan arriesgado como administrarse una medicina por la calidad literaria del prospecto.
Esa misma noche estaba escuchando la radio, porque soy insomne, cuando la locutora propuso a los oyentes que llamaran a la emisora para leer un poema que les gustara mucho. Escuché versos de Neruda, de Machado, de Gil de Biedma, de Ángel González... Eran las tres de la mañana y creo que todos estaban -estábamos- contagiados de la atmósfera religiosa y terrible de esas horas. Traté de imaginar la cantidad de dormitorios oscuros, como el mío, cuyos ocupantes, con los párpados abiertos y la mirada perdida en el hondo techo, se dejaban penetrar por el veneno sutil de aquellos textos que hablaban de la vida, y del amor y de la muerte...
En esto, entró la llamada de un oyente que pidió permiso para leer un fragmento de un manual de usuario. A la locutora le hizo gracia y le dio paso. Enseguida reconocí la voz de mi amigo, que leyó una página de las instrucciones de un telefono inalámbrico: "Este aparato es sensible a las tormentas eléctricas, que alteran su comportamiento, por lo que recomendamos que lo mantenga desconectado hasta que pase el fenómeno atmosférico..." Me recorrió un escalofrío y me reproché no haber prestado hasta entonces más atención a esa literatura de manual. Luego me levanté de la cama y comencé, sin prisas, incluso con amor, la lectura del folleto del vídeo. Por primera vez comprendí cómo se programaba el vídeo y, lo que es más raro, comprendí cómo me programaba yo.

El País. Viernes 23 de Abril de 2004.